Javier Badani / LaPaz

No podría ser de otra forma. La presentación del libro Contar una historia, de Jean-Claude Carrière, terminó en una tertulia donde las anécdotas, historias y reflexiones de expositores y público presente sazonaron el evento organizado por el Festival de Cine Alucine, que se desarrolló anoche en la Cinemateca Boliviana.

 

En la testera, los cineastas Juan Carlos Valdivia, Alfonso Gumucio Dagrón y Mela Márquez. Todos celebrando Contar una historia, obra que fue escrita por Carrière en 1992 y que es reeditada ahora por Libertalia Editores y Sorojchi Tambo Ediciones. El libro del escritor, historiador y guionista francés, quien colaboró en las películas de Luis Buñuel durante 19 años y que obtuvo un Oscar honorífico el 2014, “es indispensable para todo aquel que está inmerso en el mundo de la creación escritural porque nos recuerda, entre otras cosas, que las bellas historias hay que buscarlas en la oscuridad y no en la luz”, señaló Valdivia

 

Gumucio regaló al público un recorrido por los escritos que Jean-Claude Carrière plasmó en el libro que Gumucio definió como “una divagación estimulante sobre el oficio de contar historias”. Destacó el oficio de aquellos escritores amantes del cine que desde su labor de guionistas “ponen el cimiento de las palabras sobre las que se construyen las obras cinematográficas”.

 

La presentación del libro terminó en una sabrosa tertulia. Todo comenzó con anécdotas narradas por Gumucio, como la ocasión en la que Luis Buñuel le reveló que contaba con un pasaporte boliviano o el paso de Orson Welles por La Paz. Valdivia, a su turno, compartió algunos datos del proceso de escritura del guión de la que será su nueva obra y Mela Márquez centró su memoria en uno de los más importantes guionistas del cine boliviano, Óscar Soria, quien “mientras le aplicaba a las masitas que mi madre cocinaba nos contaba historias fantásticas de sus viajes por Bolivia”.

Javier Badani / LaPaz

No podría ser de otra forma. La presentación del libro Contar una historia, de Jean-Claude Carrière, terminó en una tertulia donde las anécdotas, historias y reflexiones de expositores y público presente sazonaron el evento organizado por el Festival de Cine Alucine, que se desarrolló anoche en la Cinemateca Boliviana.

 

En la testera, los cineastas Juan Carlos Valdivia, Alfonso Gumucio Dagrón y Mela Márquez. Todos celebrando Contar una historia, obra que fue escrita por Carrière en 1992 y que es reeditada ahora por Libertalia Editores y Sorojchi Tambo Ediciones. El libro del escritor, historiador y guionista francés, quien colaboró en las películas de Luis Buñuel durante 19 años y que obtuvo un Oscar honorífico el 2014, “es indispensable para todo aquel que está inmerso en el mundo de la creación escritural porque nos recuerda, entre otras cosas, que las bellas historias hay que buscarlas en la oscuridad y no en la luz”, señaló Valdivia

 

Gumucio regaló al público un recorrido por los escritos que Jean-Claude Carrière plasmó en el libro que Gumucio definió como “una divagación estimulante sobre el oficio de contar historias”. Destacó el oficio de aquellos escritores amantes del cine que desde su labor de guionistas “ponen el cimiento de las palabras sobre las que se construyen las obras cinematográficas”.

 

La presentación del libro terminó en una sabrosa tertulia. Todo comenzó con anécdotas narradas por Gumucio, como la ocasión en la que Luis Buñuel le reveló que contaba con un pasaporte boliviano o el paso de Orson Welles por La Paz. Valdivia, a su turno, compartió algunos datos del proceso de escritura del guión de la que será su nueva obra y Mela Márquez centró su memoria en uno de los más importantes guionistas del cine boliviano, Óscar Soria, quien “mientras le aplicaba a las masitas que mi madre cocinaba nos contaba historias fantásticas de sus viajes por Bolivia”.

Jueves, 20 Octubre 2016 21:25

CONTAR UNA HISTORIA

Gilmar Reynaldo Gonzales / LaPaz

Cuando decimos que tal producto es político, qué estamos diciendo? O sea una película, un libro, ideas, etc. ¿A qué nos referimos? Cada vez la respuesta creo, cambia de sujeto. Por ejemplo cuando hablamos de cine podemos hablar digamos de formas de representación. Cómo una forma en específico puede cambiar por un lado algún paradigma en cómo vemos, y cómo esto se traduce en un desnudar alguna forma de producción como obsoleta.

 

Entonces podemos decir que un quiebre mental puede tener repercusiones laborales. O sea si de repente todos pensaran: “No hay que volver a usar actores en las películas nunca más”, o “vamos a dejar de sobreiluminar como retrasados”, o si de repente el rol de Director de Arte desapareciera, el mercado laboral terminaría inevitablemente siendo otro.

 

Digamos los optimistas tienen como ejemplo de resonancia política de un movimiento estético, al neo realismo. Por cómo se le plantó al cine comercial, e hizo dudar por algún tiempo que todo todo todo iba a cambiar. Que Hollywood nunca volvería a ser el mismo. Pero todo movimiento revolucionario digamos, se petrifica, pierde sentido, y de alguna forma termina absorbido por el sistema. No es coincidencia que Hollywood tenga como estandarte de su apertura actual a directores mexicanos que juegan con los planos largos larguísimos, que traen propuestas de corte contemplativo, o en apariencia contemplativo, -la sobre bastardizada influencia de tarkovsky-; no es coincidencia digo que estas producciones sean a) tan políticamente correctas y b) espectaculares. Rescatar de los planos largos su faceta más espectacular es una tendencia de siempre en el cine gringo.

 

Podemos hablar también de lo político de un festival, y así en infinitas capas, jodido.

 

Digamos ahora está dando el alucine. Y así como el radical, ha llegado con más de una línea. Es decir que de la maraña de actividades que presupone un festival de cine (además: uno en competencia con otro festival de cine… o sea dos festivales de cine) brota más de un hilo por el cual adentrarse al hecho de ver cine, de hacer cine, de ver la producción, de hacer producción.

 

Sólo en este anterior párrafo ya tenemos varios datos políticos, en los cuales la imagen y la producción de imágenes están participando en el mundo. 1. Dos festivales con sus públicos. 2. Dos nociones de proponer educación 3. Diferentes tradiciones cinematográficas, conviviendo no solamente en un mismo pueblo, sino en un mismo festival. 4. Una mala coordinación de fechas entre dos equipos organizativos. En fin. Propuestas. Puntos de vista encontrados.

¿Y qué hacemos con ver eso?

 

El libro que se está publicando en el marco del segundo festival alucine, “Contar una Historia” de Jean Claude Carriere, es uno de los hilos que el mismo está proponiendo. Insisto en esta idea de los hilos, porque en particular éste, el del libro, pertenece a una tradición diametralmente opuesta a la que está presente digamos en la selección de películas del alucine.

Estos dos hilos apuntan a esa cosa sin nombre que es el lenguaje por imágenes. Obviamente van a estar de acuerdo en muchas cosas. Pero las diferencias son importantes.

Raconter une Histoire.

Godard se pregunta: ¿Decir raconter no es como decir recontar? Qué es recontar. Tal vez entre la pregunta (¿qué es recontar?) y la traducción (contar nomás), esté el intervalo entre novela y cuento.

 

Incluso entre tradiciones educativas de cine.

 

A ver me explico, porque es simple, pero medio enmarañado.

 

Porque contar una historia no es lo mismo que recontar una historia. Hay un ensayo de Walter Benjamin que se llama “El Narrador”. Su traducción es también dudosa. Porque un narrador puede recontar, pero un “erzähler” –así lo pone en alemán- para nada. Un “erzähler” es más como un cuentacuentos digamos.

 

Los cuentacuentos, dice Benjamin y parafraseo, son una especie en extinción. Ya no se comparten las historias, el hombre vuelve callado de las batallas. Hay un esceptisimo frente a los valores, frente a la verdad. Cualquier logro, de cualquier personaje, es ridículo. Es la novela. Es el tiempo. El tiempo lo destruye todo, y no así cronológicamente, sino a través de su misma existencia.

 

Podríamos estar en la eternidad, y de todas formas el tiempo está socavando. El tiempo rey del carnaval…

 

Al contar se da cuenta de los sucesos...

 

Al recontar se da cuenta del tiempo. Los que creen que el cine ha inventado esto hablan de ficción y no-ficción.

 

Un pirata contado es un pirata. Pero un pirata en el tiempo es un huevón disfrazado de pirata. Ya Velásquez usa esa idea hace siglos. Su Baco está tan bien pintado que es un huevón disfrazado de Baco, bien incómodo. El tiempo entrando incluso en el mundo sin tiempo para hacer de las suyas.

 

La traducción a “Contar una Historia” que se ha hecho del libro de Carriere, sin embargo, le va muy bien al autor y al contenido del libro. Los cuestionamientos que Carriére se hace sobre su oficio, son los cuestionamientos de un cuentacuentos. Investiga mitos, epopeyas, cuentos populares, analiza las fábulas de las novelas, y busca la forma en la que un personaje puede estar bien delimitado.

 

Habla de la inspiración. De la forma en la que él busca historias. Habla de la novela como si fuera lo mismo que una epopeya. Los personajes como héroes.

 

Carriere adaptó muchas novelas al cine, o sea a guión. Y me parece que su obra entra dentro de lo que se podría denominar: adaptaciones de novelas a un sistema industrial. Su arte, como adaptador, ha consistido en destilar todos los elementos narrativos de una forma de arte por definición no narrativa (en el sentido de cuenta-cuentos) y decantarlos a una forma esencialmente narrativa (el cine industrial). Es a partir de sus adaptaciones que podemos decir: la historia de “la insoportable levedad del ser”, o la historia de “el tambor de hojalata”.

 

Hoy en día parece que las diferencias serían insalvables. Abogar por ser un cuenta cuentos parece ser una actitud de lo más inocente frente a los descubrimientos que se han hecho en el cine moderno. El alucine tiene así una selección bastante crocante en cuanto a “lo más nuevo” en materia de lenguaje. La de Godard 3d sigue en mi cabeza, y las que ya vi de la selección te rompen los nervios sensibles del cerebro.

 

Pero contar una historia digamos.

 

Muchos cineastas, directores, equipos, productores están apostando por su cuento, o sea en esta nueva camada de cine boliviano. El cine es un arte popular finalmente. ¿Por ahí va lo político de contar historias?

Jueves, 20 Octubre 2016 17:43

Contar una historia

Gilmar Reynaldo Gonzales / LaPaz

Cuando decimos que tal producto es político, qué estamos diciendo? O sea una película, un libro, ideas, etc. ¿A qué nos referimos? Cada vez la respuesta creo, cambia de sujeto. Por ejemplo cuando hablamos de cine podemos hablar digamos de formas de representación. Cómo una forma en específico puede cambiar por un lado algún paradigma en cómo vemos, y cómo esto se traduce en un desnudar alguna forma de producción como obsoleta.

 

Entonces podemos decir que un quiebre mental puede tener repercusiones laborales. O sea si de repente todos pensaran: “No hay que volver a usar actores en las películas nunca más”, o “vamos a dejar de sobreiluminar como retrasados”, o si de repente el rol de Director de Arte desapareciera, el mercado laboral terminaría inevitablemente siendo otro.

 

Digamos los optimistas tienen como ejemplo de resonancia política de un movimiento estético, al neo realismo. Por cómo se le plantó al cine comercial, e hizo dudar por algún tiempo que todo todo todo iba a cambiar. Que Hollywood nunca volvería a ser el mismo. Pero todo movimiento revolucionario digamos, se petrifica, pierde sentido, y de alguna forma termina absorbido por el sistema. No es coincidencia que Hollywood tenga como estandarte de su apertura actual a directores mexicanos que juegan con los planos largos larguísimos, que traen propuestas de corte contemplativo, o en apariencia contemplativo, -la sobre bastardizada influencia de tarkovsky-; no es coincidencia digo que estas producciones sean a) tan políticamente correctas y b) espectaculares. Rescatar de los planos largos su faceta más espectacular es una tendencia de siempre en el cine gringo.

 

Podemos hablar también de lo político de un festival, y así en infinitas capas, jodido.

 

Digamos ahora está dando el alucine. Y así como el radical, ha llegado con más de una línea. Es decir que de la maraña de actividades que presupone un festival de cine (además: uno en competencia con otro festival de cine… o sea dos festivales de cine) brota más de un hilo por el cual adentrarse al hecho de ver cine, de hacer cine, de ver la producción, de hacer producción.

 

Sólo en este anterior párrafo ya tenemos varios datos políticos, en los cuales la imagen y la producción de imágenes están participando en el mundo. 1. Dos festivales con sus públicos. 2. Dos nociones de proponer educación 3. Diferentes tradiciones cinematográficas, conviviendo no solamente en un mismo pueblo, sino en un mismo festival. 4. Una mala coordinación de fechas entre dos equipos organizativos. En fin. Propuestas. Puntos de vista encontrados.

¿Y qué hacemos con ver eso?

 

El libro que se está publicando en el marco del segundo festival alucine, “Contar una Historia” de Jean Claude Carriere, es uno de los hilos que el mismo está proponiendo. Insisto en esta idea de los hilos, porque en particular éste, el del libro, pertenece a una tradición diametralmente opuesta a la que está presente digamos en la selección de películas del alucine.

Estos dos hilos apuntan a esa cosa sin nombre que es el lenguaje por imágenes. Obviamente van a estar de acuerdo en muchas cosas. Pero las diferencias son importantes.

Raconter une Histoire.

Godard se pregunta: ¿Decir raconter no es como decir recontar? Qué es recontar. Tal vez entre la pregunta (¿qué es recontar?) y la traducción (contar nomás), esté el intervalo entre novela y cuento.

 

Incluso entre tradiciones educativas de cine.

 

A ver me explico, porque es simple, pero medio enmarañado.

 

Porque contar una historia no es lo mismo que recontar una historia. Hay un ensayo de Walter Benjamin que se llama “El Narrador”. Su traducción es también dudosa. Porque un narrador puede recontar, pero un “erzähler” –así lo pone en alemán- para nada. Un “erzähler” es más como un cuentacuentos digamos.

 

Los cuentacuentos, dice Benjamin y parafraseo, son una especie en extinción. Ya no se comparten las historias, el hombre vuelve callado de las batallas. Hay un esceptisimo frente a los valores, frente a la verdad. Cualquier logro, de cualquier personaje, es ridículo. Es la novela. Es el tiempo. El tiempo lo destruye todo, y no así cronológicamente, sino a través de su misma existencia.

 

Podríamos estar en la eternidad, y de todas formas el tiempo está socavando. El tiempo rey del carnaval…

 

Al contar se da cuenta de los sucesos...

 

Al recontar se da cuenta del tiempo. Los que creen que el cine ha inventado esto hablan de ficción y no-ficción.

 

Un pirata contado es un pirata. Pero un pirata en el tiempo es un huevón disfrazado de pirata. Ya Velásquez usa esa idea hace siglos. Su Baco está tan bien pintado que es un huevón disfrazado de Baco, bien incómodo. El tiempo entrando incluso en el mundo sin tiempo para hacer de las suyas.

 

La traducción a “Contar una Historia” que se ha hecho del libro de Carriere, sin embargo, le va muy bien al autor y al contenido del libro. Los cuestionamientos que Carriére se hace sobre su oficio, son los cuestionamientos de un cuentacuentos. Investiga mitos, epopeyas, cuentos populares, analiza las fábulas de las novelas, y busca la forma en la que un personaje puede estar bien delimitado.

 

Habla de la inspiración. De la forma en la que él busca historias. Habla de la novela como si fuera lo mismo que una epopeya. Los personajes como héroes.

 

Carriere adaptó muchas novelas al cine, o sea a guión. Y me parece que su obra entra dentro de lo que se podría denominar: adaptaciones de novelas a un sistema industrial. Su arte, como adaptador, ha consistido en destilar todos los elementos narrativos de una forma de arte por definición no narrativa (en el sentido de cuenta-cuentos) y decantarlos a una forma esencialmente narrativa (el cine industrial). Es a partir de sus adaptaciones que podemos decir: la historia de “la insoportable levedad del ser”, o la historia de “el tambor de hojalata”.

 

Hoy en día parece que las diferencias serían insalvables. Abogar por ser un cuenta cuentos parece ser una actitud de lo más inocente frente a los descubrimientos que se han hecho en el cine moderno. El alucine tiene así una selección bastante crocante en cuanto a “lo más nuevo” en materia de lenguaje. La de Godard 3d sigue en mi cabeza, y las que ya vi de la selección te rompen los nervios sensibles del cerebro.

 

Pero contar una historia digamos.

 

Muchos cineastas, directores, equipos, productores están apostando por su cuento, o sea en esta nueva camada de cine boliviano. El cine es un arte popular finalmente. ¿Por ahí va lo político de contar historias?

 Javier Badani / LaPaz

 

Reflexionar sobre nuestras raíces. Esa es la premisa del colectivo orureño “Perro Petardos”, uno de los ganadores de la Bienal Internacional de Arte SIART. Como buenos orureños, los jóvenes de esta agrupación artística han buscado indagar en su propia génesis, marcada –claro está- por la explotación minera.

 

Su obra “Lo que buscan las raíces” busca ser una metáfora sobre el hombre andino que durante la Colonia fue arrancado de su hábitat natural para ser introducido, a la fuerza, a trabajar en la extracción de minerales. Una labor que aún hoy se mantiene vigente.

 

Introducir y depositar un árbol al interior del socavón marca la metáfora propuesta por “Perro Petardos”. Se trata de un proceso que fue documentado en video, fotografías y textos que hoy forman parte de la instalación que se halla en el segundo piso de la Casa de la Cultura.

 

El árbol, encontrado en un basurero de la ciudad de Oruro, fue trasladado en hombros por el colectivo en una especie de procesión que les obligó a recorrer calles y avenidas del centro de la urbe orureña hasta llegar a la mina. “Fue como llevar a un ser querido hacia otro mundo. Lo primero que hicimos una vez dentro fue visitar al ‘Tío’, compartir con él, challarnos con él. Luego buscamos el lugar ideal para colocar el árbol. Así la mina forma parte de la instalación”, explica Pedro Seda.

 

El colectivo “Perro Petardos” cuenta entre sus miembros con jóvenes que trabajaron en el interior de una mina. Eriberto Chitari es uno de ellos. Su experiencia –trabajó desde sus 13 y hasta sus 22 años dentro de un socavón, en Huanuni- fue fundamental para hilvanar el proyecto artístico. Su testimonio queda plasmado en una serie de pequeñas piezas de mineral que forman parte de la instalación, en la Casa de la Cultura. Las piezas argentíferas llevan ramas del árbol que aún hoy se mantiene en el interior de la mina. “Estas piezas forman parte de la metáfora pues nuestras raíces también pueden crecer y florecer en un espacio como este”, señala Jaime Achocalla.

 

“Perro Petardos” lleva el nombre de un mítico can de la ciudad de Oruro, que acompañaba tanto movilizaciones como eventos culturales como la entrada del Carnaval, como lo cuenta Mauricio Castellón. “Era un perro que nunca pudo ser domesticado y que no le tenía temor a la pirotecnia, buscaba comerse el fuego. En ese espíritu se formó el colectivo: sin dueño, en contra de lo establecido y comiendo un poco de fuego”.

javier Badani / LaPaz

 

Reflexionar sobre nuestras raíces. Esa es la premisa del colectivo orureño “Perro Petardos”, uno de los ganadores de la Bienal Internacional de Arte SIART. Como buenos orureños, los jóvenes de esta agrupación artística han buscado indagar en su propia génesis, marcada –claro está- por la explotación minera.

 

Su obra “Lo que buscan las raíces” busca ser una metáfora sobre el hombre andino que durante la Colonia fue arrancado de su hábitat natural para ser introducido, a la fuerza, a trabajar en la extracción de minerales. Una labor que aún hoy se mantiene vigente.

 

Introducir y depositar un árbol al interior del socavón marca la metáfora propuesta por “Perro Petardos”. Se trata de un proceso que fue documentado en video, fotografías y textos que hoy forman parte de la instalación que se halla en el segundo piso de la Casa de la Cultura.

 

El árbol, encontrado en un basurero de la ciudad de Oruro, fue trasladado en hombros por el colectivo en una especie de procesión que les obligó a recorrer calles y avenidas del centro de la urbe orureña hasta llegar a la mina. “Fue como llevar a un ser querido hacia otro mundo. Lo primero que hicimos una vez dentro fue visitar al ‘Tío’, compartir con él, challarnos con él. Luego buscamos el lugar ideal para colocar el árbol. Así la mina forma parte de la instalación”, explica Pedro Seda.

 

El colectivo “Perro Petardos” cuenta entre sus miembros con jóvenes que trabajaron en el interior de una mina. Eriberto Chitari es uno de ellos. Su experiencia –trabajó desde sus 13 y hasta sus 22 años dentro de un socavón, en Huanuni- fue fundamental para hilvanar el proyecto artístico. Su testimonio queda plasmado en una serie de pequeñas piezas de mineral que forman parte de la instalación, en la Casa de la Cultura. Las piezas argentíferas llevan ramas del árbol que aún hoy se mantiene en el interior de la mina. “Estas piezas forman parte de la metáfora pues nuestras raíces también pueden crecer y florecer en un espacio como este”, señala Jaime Achocalla.

 

“Perro Petardos” lleva el nombre de un mítico can de la ciudad de Oruro, que acompañaba tanto movilizaciones como eventos culturales como la entrada del Carnaval, como lo cuenta Mauricio Castellón. “Era un perro que nunca pudo ser domesticado y que no le tenía temor a la pirotecnia, buscaba comerse el fuego. En ese espíritu se formó el colectivo: sin dueño, en contra de lo establecido y comiendo un poco de fuego”.

Javier Badani / LaPaz

 

Tres años pasó la fotógrafa española Isabel Muñoz conviviendo con simios. El resultado de esa experiencia se traduce en la muestra “Álbum de Familia”, serie fotográfica en la que la artista rinde homenaje a los parientes más cercanos que tiene el ser humano. La muestra de Muñoz, considerada como una de las más importantes fotógrafas de España, se expone en la CAF (Av. Arce), en el marco de la Bienal Internacional de Arte SIART.

 

“Álbum de Familia” nos permite mirar a los grandes primates con otros ojos. No como una atracción zoológica ni al estilo documentalista de National Geographic, sino como si estuviéramos ante el retrato de una persona. Y esto sucede porque cada una de las fotografías de Muñoz logran transmitir emociones con una contundencia tal que resulta casi imposible no sentir a los simios –con quienes compartimos el 99% de nuestros genes- como presencias próximas.

 

La ternura entre madres y crías, las caricias y los abrazos son retratados en blanco y negro con una estética que se asemeja a los retratos de familia a base de daguerrotipos del siglo XIX y que impulsan al observador a viajar por la complejidad afectiva de los simios.

 

Claro, hizo mucho la mirada de Muñoz, quien desde un inicio de su trabajo decidió enfocar su cámara hacia la intimidad de los primates con el respeto y dignidad que éstos se merecen.

 

Esta odisea encarada por Muñoz se inició el 2012 en el Zoo de Madrid u continuó en las principales reservas de bonobos, chimpancés y gorilas de Congo, y de orangutanes en Borneo. Tras tres años de trabajo, son muchas las experiencias vividas y las constataciones realizadas por la artista.

 

“He comprobado como los bonobos resuelven sus conflictos a través del amor, mediante una sexualidad sin barreras, y he visto cómo los chimpancés utilizan su inteligencia para cascar nueces con piedras que usan como primitivas herramientas. He observado a un macho alfa de gorila adoptando a una cría que se quedó huérfana y cuidando de ella como si fuera su madre, y también he sido testigo de la violencia de ese mismo macho, al matar a todas las crías de su rival”, resume la fotógrafa española. Y es que para Muñoz, los seres humanos y los primates compartimos muchas de las emociones, con sus luces y sus sombras.

 

El sueño de Muñoz es que “Álbum de familia”, al exponer lo que nos une a los simios, sirva para concienciar sobre la tragedia que supone el hecho de que se encuentren gravemente amenazados por la caza furtiva y el mercado negro de especies exóticas.

Javier Badani / LaPaz

 

Tres años pasó la fotógrafa española Isabel Muñoz conviviendo con simios. El resultado de esa experiencia se traduce en la muestra “Álbum de Familia”, serie fotográfica en la que la artista rinde homenaje a los parientes más cercanos que tiene el ser humano. La muestra de Muñoz, considerada como una de las más importantes fotógrafas de España, se expone en la CAF (Av. Arce), en el marco de la Bienal Internacional de Arte SIART.

 

“Álbum de Familia” nos permite mirar a los grandes primates con otros ojos. No como una atracción zoológica ni al estilo documentalista de National Geographic, sino como si estuviéramos ante el retrato de una persona. Y esto sucede porque cada una de las fotografías de Muñoz logran transmitir emociones con una contundencia tal que resulta casi imposible no sentir a los simios –con quienes compartimos el 99% de nuestros genes- como presencias próximas.

 

La ternura entre madres y crías, las caricias y los abrazos son retratados en blanco y negro con una estética que se asemeja a los retratos de familia a base de daguerrotipos del siglo XIX y que impulsan al observador a viajar por la complejidad afectiva de los simios.

 

Claro, hizo mucho la mirada de Muñoz, quien desde un inicio de su trabajo decidió enfocar su cámara hacia la intimidad de los primates con el respeto y dignidad que éstos se merecen.

 

Esta odisea encarada por Muñoz se inició el 2012 en el Zoo de Madrid u continuó en las principales reservas de bonobos, chimpancés y gorilas de Congo, y de orangutanes en Borneo. Tras tres años de trabajo, son muchas las experiencias vividas y las constataciones realizadas por la artista.

 

“He comprobado como los bonobos resuelven sus conflictos a través del amor, mediante una sexualidad sin barreras, y he visto cómo los chimpancés utilizan su inteligencia para cascar nueces con piedras que usan como primitivas herramientas. He observado a un macho alfa de gorila adoptando a una cría que se quedó huérfana y cuidando de ella como si fuera su madre, y también he sido testigo de la violencia de ese mismo macho, al matar a todas las crías de su rival”, resume la fotógrafa española. Y es que para Muñoz, los seres humanos y los primates compartimos muchas de las emociones, con sus luces y sus sombras.

 

El sueño de Muñoz es que “Álbum de familia”, al exponer lo que nos une a los simios, sirva para concienciar sobre la tragedia que supone el hecho de que se encuentren gravemente amenazados por la caza furtiva y el mercado negro de especies exóticas.

Carla Hannover / La Paz

 

Una tela de tocuyo de más de seis metros de largo, por tres de ancho, pintura negra y un poco de cinta adhesiva son la materia prima de Marcha por la vida, la instalación/ performance que el artista boliviano Gastón Ugalde presentó el sábado por la mañana en la estación Taypi Uta del Teleférico. La obra es parte de las propuestas que desde el 11 de octubre lanza la IX Bienal Internacional de Arte Siart, que se desarrolla en La Paz, El Alto, Cochabamba y Santa Cruz.

 

“Hemos estado trabajando aquí desde anoche en el sitio tratando de rememorar las grandes marchas por la vida que se han dado en el país desde principios del 2000”, explicó Ugalde descalzo y con los pies teñidos de pintura negra. “En 2001, si mal no recuerdo, fui a recibir a la cumbre a los cocaleros que habían marchado ya por varios meses y para su ingreso a la ciudad les tendimos una tela blanca. Allí, ellos dejaron sus huellas”, recuerda. Fue entonces que las impresiones en los pies que marcaron la tela comenzaron a cobrar forma en la obra que hoy se exhibe en el patio central de la ex Estación Central.

 

En su obra Ugalde evoca la memoria de las marchas, un tema recurrente en su obra, pues esta instalación no es la primera Marcha por la vida que presenta. “Debo tener ya unas seis versiones de esta obra”, explica el creador. Una de ellas, consistía en un enorme textil conformado por tejidos de diferentes culturas del país, recolectados por más de dos décadas, que fue presentada en 2013 en el Museo Nacional de Arte de La Paz y también en las bienales de Venecia, La Habana y Porto Alegre.

 

Y es que Marcha por la vida es una obra que refleja los distintos cambios del país. De ahí que las huellas estampadas en la tela de tocuyo no son más que una representación de las marchas por el agua, por el gas u otras o por los derechos. “Hacerlo en el Teleférico tiene un significado importante porque este es un lugar que tiene una dinámica de marcha de la gente”, indicó el artista mientras invitaba a la gente a dejar su huella en los espacios aún blancos que quedaban en la tela. Una niña de no más de 10 años fue la primera en dejar sus huellas.

 

La pieza incluye, además, dos figuras: la de un cóndor, el ave que según Ugalde acompaña las marchas de los pueblos o movimientos y la de un rostro que hace referencia a la presencia humana en estos desplazamientos. La IX Bienal de Internacional de Arte Siart, el sábado también inauguró, al mediodía, en el museo Costumbrista, la muestra de artistas suecos En lo profundo del Norte, curada por Martin Shibli. Esta es la primera vez que Suecia participa de este encuentro.

 

Carla Hannover / La Paz

 

Una tela de tocuyo de más de seis metros de largo, por tres de ancho, pintura negra y un poco de cinta adhesiva son la materia prima de Marcha por la vida, la instalación/ performance que el artista boliviano Gastón Ugalde presentó el sábado por la mañana en la estación Taypi Uta del Teleférico. La obra es parte de las propuestas que desde el 11 de octubre lanza la IX Bienal Internacional de Arte Siart, que se desarrolla en La Paz, El Alto, Cochabamba y Santa Cruz.

 

“Hemos estado trabajando aquí desde anoche en el sitio tratando de rememorar las grandes marchas por la vida que se han dado en el país desde principios del 2000”, explicó Ugalde descalzo y con los pies teñidos de pintura negra. “En 2001, si mal no recuerdo, fui a recibir a la cumbre a los cocaleros que habían marchado ya por varios meses y para su ingreso a la ciudad les tendimos una tela blanca. Allí, ellos dejaron sus huellas”, recuerda. Fue entonces que las impresiones en los pies que marcaron la tela comenzaron a cobrar forma en la obra que hoy se exhibe en el patio central de la ex Estación Central.

 

En su obra Ugalde evoca la memoria de las marchas, un tema recurrente en su obra, pues esta instalación no es la primera Marcha por la vida que presenta. “Debo tener ya unas seis versiones de esta obra”, explica el creador. Una de ellas, consistía en un enorme textil conformado por tejidos de diferentes culturas del país, recolectados por más de dos décadas, que fue presentada en 2013 en el Museo Nacional de Arte de La Paz y también en las bienales de Venecia, La Habana y Porto Alegre.

 

Y es que Marcha por la vida es una obra que refleja los distintos cambios del país. De ahí que las huellas estampadas en la tela de tocuyo no son más que una representación de las marchas por el agua, por el gas u otras o por los derechos. “Hacerlo en el Teleférico tiene un significado importante porque este es un lugar que tiene una dinámica de marcha de la gente”, indicó el artista mientras invitaba a la gente a dejar su huella en los espacios aún blancos que quedaban en la tela. Una niña de no más de 10 años fue la primera en dejar sus huellas.

 

La pieza incluye, además, dos figuras: la de un cóndor, el ave que según Ugalde acompaña las marchas de los pueblos o movimientos y la de un rostro que hace referencia a la presencia humana en estos desplazamientos. La IX Bienal de Internacional de Arte Siart, el sábado también inauguró, al mediodía, en el museo Costumbrista, la muestra de artistas suecos En lo profundo del Norte, curada por Martin Shibli. Esta es la primera vez que Suecia participa de este encuentro.